Proyecto de escritura

12 marzo 2009

Inocencia interrumpida

Filed under: Textos expositivos: resolución de problemas — Elisabet @ 18:28

Casi todo el mundo ha sido alguna vez objeto de burla en la escuela. Si alguien se cae, se equivoca o simplemente hace algo un poco torpe quedará en ridículo durante un rato, hasta que alguien más cometa otra tontería. Si bien estas situaciones, además de embarazosas, pueden resultar divertidas para la víctima, esto cambia cuando se trata de algo permanente y cruel.

El bullying o acoso escolar es un tema del que sólo se habla recientemente, aunque se trata de una realidad tan antigua como las escuelas. Profesores, abogados y psicólogos hablan y hablan sobre las causas del acoso escolar, intentando buscar soluciones para pararlo. Sin embargo, la realidad es que cuando un joven está siendo víctima de este martirio, no hay ayuda. ¿Podría haberla? Probablemente sí. Pero cuando el acoso es emocional y psicológico, se torna invisible a los ojos de las únicas personas que pueden ayudar: los profesores.

Los rasgos que atraen al acosador son infinitos, tal como la obesidad o la homosexualidad. Cuando el acosado empieza a recibir un mal trato por parte de compañeros del aula, cree que es por algo que ha hecho mal e intenta solucionarlo. Pero finalmente, entiende que le ha tocado, como a quien le toca la lotería, ser una víctima a causa de algún aspecto de su personalidad o de su físico.

Cuando la víctima se da cuenta de que su situación no es temporal, es decir, cuando se da cuenta de que sufre acoso escolar, recurre a la familia. Ésta, después de afirmar que no puede hacer nada, le aconseja al joven que pida ayuda a su profesora o tutora. Cuando lo hace, lo único que recibe son dudas: “¿puedes probarlo?” o “¿y tú qué les has hecho?” suelen ser las respuestas más recurrentes. Para combatir el acoso escolar es necesario que, desde el primer momento, los profesores vean a una persona, y no a un alumno de treinta que hay en el aula. Pues esa persona, ese niño o esa niña, está sufriendo algo horrible. El acoso, en ocasiones, no se puede ver, pero puede llegar a matar por dentro a una persona cuya inocencia se ve interrumpida prematuramente.

Son muchas las posibles soluciones a este problema. Obviamente, no se puede solucionar el hecho de que haya gente a la que le gusta hacer daño, y no se puede arreglar el daño ya hecho, pero se puede poner punto final a la situación, para que la víctima pueda rehacer su vida, donde y con quien sea. Existen medidas iniciales y medidas más drásticas, cuando las anteriores no funcionan.

Para empezar, es necesario no crear presión en la víctima. Los profesores, en esta situación, deberán tener tacto y no forzar al alumno a explicar qué le hacen o por qué, pues esa pregunta no tiene respuesta para él. Una vez que se saben los nombres de los acosadores, es necesario hablar con ellos, pero no es aconsejable reunirlos con su víctima; eso sería demasiado duro para ella.

Hace falta concienciar a los acosadores de que lo que están haciendo está mal de todas las maneras posibles. Pero, en incontables ocasiones, estos acosadores carecen de cualquier tipo de empatía o código moral. Sin entrar en discusiones sobre de quién es la culpa, aunque es obvio de quién lo es, se debe recurrir a otros métodos. El más efectivo es amenazarles con avisar a sus padres o con expulsarles. Muchas veces, sin embargo, los acosadores no se ven afectados en absoluto por estas amenazas, ya que o bien van al colegio a calentar la silla o bien realizan con sus padres lo mismo que con el alumno acosado. También existe la posibilidad de que tengan engañados a sus padres respecto a su verdadero comportamiento; los padres negarán que su hijo pueda hacer algo tan malo a otras personas.

Cuando este primer paso no sirve, podemos pensar que estamos en un callejón sin salida: la víctima no puede dejar de asistir a clase y perder el curso sólo por culpa de los acosadores, aunque si fuera su decisión, lo haría. Es importante que los padres no dejen que esto ocurra, pues cuando la situación termine puede haber muchos arrepentimientos.

El siguiente paso podría ser conceder ayuda psicológica; éste es un tema delicado. La víctima, al recibir esta noticia, sentirá que está siendo tratada como si tuviera un problema, cuando en realidad, seamos realistas, el problema es de los acosadores. Sin embargo, la ayuda psicológica podría ayudar al alumno de distintas maneras, por ejemplo, haciéndole comprender que él no tiene la culpa de nada. Si no lo hace, bien porque el alumno tenga unas ideas muy claras sobre la situación, o bien porque sea una persona muy sensible y cerrada, no se debe abandonar el tema para dejar que continúe hasta que la bomba estalle.

Cuando la situación está en pleno desarrollo y los acosadores se niegan a acabar con el acoso, el acosado recurrirá a otras opciones, más drásticas, para salir de este pozo. Pero ambas opciones requieren procesos legales o burocráticos. Se trata de denunciar a los acosadores o demandar un traslado de escuela. Los profesores, que son los primeros que reciben esta noticia, se achantan ante ella, afirmando que “es una medida demasiado drástica y peligrosa” (respecto a la denuncia) y “no estamos en el plazo de matriculación, no habrá plazas o no se puede” (respecto al traslado). La impotencia del acosado es inmensa ante esta situación. Legalmente, deberían facilitarse estas dos posibles soluciones, pues se están violando los derechos de la víctima, y un joven merece que se haga justicia, como lo merece un adulto.

Sólo es necesario que una de estas soluciones sea efectivas. Cada caso de maltrato escolar es un mundo, y cada víctima y acosador lo es, así que no existe certeza de qué método funcionará. En caso de que ninguno funcione, la familia juega un papel esencial: a través de palabras y de gestos es necesario concienciar al hijo de que no tiene ningún problema que le evite ser querido y valorado.

Una persona que ha sufrido acoso escolar puede superar la situación, pero jamás la olvidará. Y esta experiencia puede traerle problemas para confiar en la gente en el futuro. Pero el simple hecho de sentir que hubo gente con ella puede cambiarlo todo.

Elisabet Llamas

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